por adriano el 2020-11-17

Esta es una historia que inventé inspirado en una frase que dijo mi hija. Espero que les guste como le gustó a ella.

Había una vez un hada llamada Arielle, a quien todo le salía un poco mal: ¿quería encantar un árbol para que diese naranjas maduras? En cambio lo transformaba en una palmera cocotera. ¿Goteaba el techo de su casita? Dos palabritas mágicas más tarde seguía goteando, pero con todos los colores del arcoíris.

Un día en la isla del hada naufragó un príncipe, el príncipe Ramón. Él viajaba para casarse con la princesa Trebisonda, en un país muy, muy lejano, pero una tormenta hundió su nave, y él logró apenas tomarse a un trozo de mástil y dejarse llevar por las olas hasta la playa. Arielle, que había bajado a la orilla del mar para recoger algunos cocos, lo encontró desvanecido sobre la arena, y lo llevó a su casa para curarlo. Estaba por pronunciar un pequeño encantamiento para eso, pero lo pensó un poco: tal vez no era una gran idea equivocarse en un hechizo sobre una persona.

Así el príncipe fue curándose lentamente, acostado sobre una cama de heno, bebiendo mucha leche de coco fresca y nutritiva, comiendo sopa de pollo selvático. Apenas pudo levantarse, comenzó a ayudar al hada en las tareas de la casa y en la vida en la isla, y poco después comenzó a pensar en cómo continuar su viaje. Arielle, que ya no estaba muy feliz viviendo sola en una isla, le pidió acompañarlo, y él le respondió que sí. Entre los dos hicieron una balsa, pequeña pero sólida, capaz de enfrentarse al mar y llevarlos a tierra firme. En realidad, el príncipe primero le pidió al hada si no podía crear con sus poderes un barco, pero cuando vio que la bellísima nave creada así tenía más agujeros que un queso gruyére, entendió que era mejor construirla a mano.

Luego de un viaje largo, pero por fortuna sin incidentes, llegaron al reino de Castamilia, donde la reina, el rey y la princesa los recibieron con muchísima alegría, y retomaron los preparativos para la boda, que había sido suspendida por la ausencia del novio.

Luego de algunos días, el hada Arielle comenzó a encontrarse mejor en la nueva tierra, y le vino gana de dar un paseo. Visitó el bosque cercano, y entre los árboles, en una pared rocosa, vio un gran agujero. Se acercó y oyó voces que reían y bromeaban en la caverna:

«Eglantina, ¿pero cómo has podido equivocarte de persona en tu encantamiento? No lo puedo creer, son meses que lo pienso y sigo riéndome. ¡Era a la princesa Trebisonda que tenías que hechizar!» decía una.

«Ahahahhaahha!» reía fuerte otra voz.

«¿Mansarda, Allucenia, pueden dejar de burlarse? ¡Fue sólo un pequeño error! ...Yo me pregunto quién será que quedó maldito...»

«Debe estar pasándolo bastante mal. Para desencantarse debería bañarse en las aguas del lago Marconio, en una noche de luna llena... Pero nunc lo sabrá.» dijo la voz de Allucenia.

«¡Mientras tanto, nosotras no podemos encantar a la princesa! Usaste la última dosis de polvo de pezuña de unicornio que tenías. ¡Y eso que encantar a la princesa habría sido tan divertido!» cerró la bruja Mansarda.

Habiendo escuchado esto, el hada entendió lo que le había pasado: ¡esas brujas habían encantado a la persona, más bien, al hada equivocada! Ahora que sabía cómo curarse, volvió al palacio y les contó todo al príncipe Ramón y a la princesa Trebisonda, y cuando llegó la luna llena se bañó en las aguas del lago Marconio. ¡Qué belleza, qué alegría poder hacer bien los encantamientos! ¡Nunca más cocos si lo que quería eran naranjas!

¿Y qué pasó con las brujas? La princesa, la reina y el rey enviaron sus soldados al bosque, y éstos echaron a las brujas, que nunca más volvieron al bonito reino de Castamilia. Y así el príncipe Ramón y la princesa Trebisonda pudieron casarse y vivir felices, acompañados por sus familias y su gran amiga, el hada Arielle.

Foto: Alice Alinari en Unsplash.com

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